viernes, 25 de mayo de 2012

San Salvador, la capital de El Pulgarcito de América

Raimundo López 
 
San Salvador (PL) Sobreviviente de terremotos, con un pasado de guerras, golpes militares y escenario aún de una tenaz lucha por un mundo mejor, San Salvador sigue hoy orgullosa como la capital de El Pulgarcito de América.

  Extendida en el valle de Zalcuatitán, ha ido trepando los cerros y el volcán que le rodea, con su rostro marcado por la elegancia de las zonas de la opulencia y otras, más, por la vida amarga de la pobreza y el desamparo.

Por sus calles circulan a diario cientos de miles de personas que son, con seguridad, su mayor riqueza: gente amable, valiente, laboriosa, comunicativa, con la sonrisa presta y el gesto cortés.

Vista desde lo alto de los cerros, apenas se observan edificios altos, hecho que en alguna medida se relaciona con la frecuencia de los temblores de tierra, lo que condujo a los conquistadores españoles a rebautizar el lugar como El Valle de las Hamacas.

Dos versos del Himno Nacional, correspondientes a la segunda estrofa que dejó de ser cantada oficialmente desde el 7 de octubre de 1992, encajan con su vida y su pasado:

Dolorosa y sangrienta es su historia,

Pero excelsa y brillante a la vez.

Es así desde el principio. Cuando los españoles invadieron en 1524 el Señorío de Cuscatlán, del pueblo pipil, apenas 17 días después se vieron obligados a retirarse, con su capitán, Pedro de Alvarado, herido.

De la época, sobrevive en el imaginario popular la leyenda del cacique Atlacatl, por su resistencia a los invasores, y cuya existencia real fue negada siglos después por varios historiadores.

Según la bibliografía consultada, se estima su la fundación de San Salvador el 1 de abril de 1525.

En 1546 la lejana corona española le otorgó el pomposo título de ciudad al precario asentamiento, cuya plaza de armas es hoy la Plaza Libertad del corazón histórico de la ciudad.

San Salvador fue el escenario del primer grito de independencia en el entonces reino de Guatemala, el 5 de noviembre de 1811, y también uno de los principales actos del prócer Francisco Morazán en su gesta por la unidad centroamericana.

Sus instituciones y calles fueron testigos de los enfrentamientos entre liberales y conservadores a lo largo del siglo XIX y el inicio del XX, además de frecuentes golpes de estado de caudillos de las fuerzas armadas.

También vivió las acciones de una larga lucha popular por alcanzar espacios democráticos frente a las dictaduras militares, cuyo fin llegó en 1992 con la firma de los Acuerdos de Paz, y para lograr mejoras en sus condiciones de vida.

En muchas de sus avenidas, iglesias y otros lugares permanece la huella de crueles masacres del ejército y otros cuerpos represivos durante el conflicto armado que sufrió la nación de 1980 a 1992.

Los terremotos también han marcado su historia. Según una detallada cronología de los archivos de El Diario de Hoy, al menos en 15 ocasiones la ciudad fue destruida, total o parcialmente, por pavorosos sismos desde el siglo XVI.

Los últimos sismos en gran destrucción y muerte ocurrieron el 10 de octubre de 1986 y el 13 de enero de 2001, cuya magnitud alcanzó 7,6 grados en la escala de Richter.

Hoy, ante tanta adversidad provocada por su subsuelo inquieto, cuesta entender la ciudad moderna que existe, si no se conoce la tenacidad y laboriosidad de sus habitantes.

En su bullicioso centro, sus edificios emblemáticos, el Palacio Nacional, el Teatro Nacional, la Biblioteca Nacional, entre otros, apenas superan el siglo de construidos o reconstruidos. Incluso, la bella Catedral Metropolitana es de fecha tan reciente como 1999.

En una cripta del templo reposan los restos de monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado por los escuadrones de la muerte el 24 de marzo de 1980 y venerado por los pobres y los sobrevivientes de la represión.

A unos cuatro kilómetros al norte, se encuentra el símbolo de la capital y del país, el Divino Salvador del Mundo, una estatua de Jesucristo colocada sobre una esfera terrestre y que con su monolito, alcanza 22 metros de altura.

Según el censo de 2007, el municipio de San Salvador tenía entonces 316 mil 90 habitantes, pero la suma se eleva a 1,56 millones si se abarca toda el área metropolitana.

Como un ser vivo, San Salvador se ha ido expandiendo hacia los municipios vecinos. Ahora es una extensa urbe, bajo la mirada de sus eternos vigías: el volcán de San Salvador, su cima, El Picacho, visible desde todas sus colonias, el cerro San Jacinto, del otro lado, y la Cordillera del Bálsamo, en el otro extremo del valle.

Con sus luces y sombras esta es la capital de El Pulgarcito de América, como se asegura llamó a la nación la gran poeta chilena Gabriela Mistral en un viaje a San Salvador en 1931.

* Corresponsal de Prensa Latina en El Salvador

jhb/rl

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